La primera edición del 2011 de la revista National Geographic, nos ilustró sobre el notable crecimiento de la población humana del planeta tierra, observado desde 1999; con un incremento de mil millones de personas, superando en esa perspectiva antes de finales del año 2011 la barrera de los 7 mil millones de personas.

En 1960 la población  mundial  era de 3 mil millones de personas, cuando Japón y gran parte de Europa estaban regresando a la normalidad después de los estragos de la Segunda Guerra Mundial.

La explosión de la población humana, que en realidad comenzó en el siglo XVIII, no se puede separar de la revolución industrial pues claramente se lee un crecimiento demográfico paralelo al tecnológico, mientras el ser humano se expande, se expanden las máquinas, se crean nuevas, más rápidas y aparentemente mejores máquinas. Poco a poco, el ser humano, separado de la naturaleza, se ha encerrado en su propia burbuja de tiempo llamada tecnosfera. Dentro de este mundo artificial el ser está aislado del mundo natural y la necesidad de recursos tecnológicos parece haber sido más relevante e imparable.

La pregunta es: ¿bajo qué conceptos? Los transmitidos por la televisión y los medios masivos de comunicación, otra gran máquina.

Sea cual sea la causa, los resultados son bastante agobiantes: el índice de cáncer por consumo de elementos acidificantes del cuerpo (que van desde licores,  azucares refinados, carnes de origen animal, hasta los agro-tóxicos), ha crecido, siendo uno de los mayores causantes de muerte en el mundo, y en el mejor de los casos de extirpación de órganos por metástasis o expansión invasiva de células sin oxígeno. Lo anterior sin mencionar la disminución de agua potable en el mundo, daños al subsuelo y contaminación de toda índole.

La población humana ávida en su filosofía del materialismo y consumismo, ignora que el consumo de recursos naturales supera la capacidad de la Tierra para producir estos recursos.

En 1961, el ser humano consumió el 60% de los recursos renovables de la Tierra; en 1975 se consumió el 100% o el equivalente de un planeta; y en 1995 el consumo fue de 125% y en 2007, el 150% o un planeta y medio. Sin embargo, a la luz de estas cifras tan devastadoras, los estadistas siguen proyectando – con el ritmo actual de consumo para el año 2030, la tasa de consumo anual será de 200% de los recursos renovables de la Tierra, el equivalente a dos planetas. Para 2045, se prevé que la población sea de 9 mil millones. ¿Cuánto quedará del planeta? Es evidente que esta es una situación insostenible.  Algo tiene que cambiar y de hecho en este momento, estamos en el proceso de cambiarlo desde nuestro accionar diario.

Un hecho relevante al respecto tiene que ver con la preservación de las semillas de primera generación.

“Una semilla silvestre contiene armonía, belleza, la potencia de  cientos de árboles, flores y frutas, en esa minúscula expresión genética del universo, se encuentra la sabiduría de Dios”.

– Ulrich Harland, creador de la Oida Terapia.

Una semilla contiene toda esa información y mucho más hasta que llega a ser mutada en un laboratorio para expropiar sus condiciones naturales de reproducción, con fines monopolizadores.

Hasta ese momento todo el paquete de información que se encontraba listo para ser activado en contacto con el vientre de la madre tierra pierde todo efecto natural de reproducción y lo que estaba ancestralmente codificado para ser expandido al contacto con un poco de humedad de la Madre Tierra ya no fructificará para sus hijos.

Así podemos entender que tan valiosa es la llamada semilla ancestral o nativa, que en términos de laboratorio es nombrada como de primera generación. La que ya se encuentra mutada genéticamente recibe por lo tanto el nombre de segunda generación, sin mencionar sus posibles híbridos.

 

“La semilla nativa reforesta, cuida cuencas y nos alimenta desde siempre”.

– Catalina Higuera R.

 

Podemos decir que absolutamente todo está conectado, no existe nada como proceso aleatorio ahí afuera que no  modifique lo que existe en todo el planeta, toda la vida y la Información fluye a través de esta Gran Red de Información genética.

 

Los Arboles, Plantas y flores son maravillosos transmisores de oxígeno, frecuencias de luz, Sonido y energía.  Su comportamiento incluye el ser antenas que permiten el anclaje de la Luz Solar y su transmisión hacia todos Nosotros, sin mencionar la síntesis del CO2  Gas carbónico.

A medida que nos olvidamos de esa Gran Red de Información que nos sostiene, olvidamos la conexión que existe entre Nosotros, la Tierra y el alimento. Nos olvidamos de la inteligencia y magnificencia de la naturaleza, que nos suple de aire, sol, agua y granos diariamente.  Sumidos en el egoísmo propuesto por la aceleración tecnológica.

Esto lo entienden muy bien comunidades indígenas como la que se encuentra en la Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia, donde esta clase de semilla nativa es llamada KIA, es vista como una deidad y no se le permite el retiro ni el ingreso de nuevas semillas que no sean las ancestralmente heredadas por la propia tierra, cual moderno concepto de permacultura sabiamente aplicado, sin mencionar sus rituales diarios de agradecimiento a CERANKUA padre y madre de la creación desde su lenguaje.

Todo en la creación esta sintonizado y juntos podemos instaurar desde ahora; una maravillosa sinfonía de perfecta armonía si así lo queremos.  Cuando cada uno de nosotros lo recuerda de manera consciente antes de comprar los productos que a diario consumimos; esa sinfonía universal sustentada en la Unidad, la salud y el Amor, nos reconecta con  la verdadera alegría de la  Vida, del servicio por encima del egoísmo.

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